Columna: La vergüenza de la política convertida en espectáculo

Columna: La vergüenza de la política convertida en espectáculo

Lo ocurrido en el Senado entre Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña no es solo un altercado más en la arena pública. Es un episodio que debería sonrojarnos como país y encender una alarma sobre el nivel al que se ha degradado la política mexicana.

En lugar de debatir ideas, de exponer proyectos o de confrontar visiones de Estado, se optó por los golpes, por los empujones, por la teatralidad de la violencia que recuerda más a los patios escolares que a un espacio de representación nacional. Lo que vimos fue la imagen de un “niño bully” en el rostro de un dirigente político, incapaz de contenerse y de entender que la fuerza nunca sustituirá a la razón.

La política no es un ring, ni una secundaria sin prefectos. Es, en su mejor definición, el espacio del diálogo civilizado. Y si quienes ocupan curules y cargos de liderazgo caen en la tentación de resolver diferencias con insultos o puñetazos, el mensaje que envían a la ciudadanía es devastador: si en la cúspide del poder no cabe el respeto, ¿qué se puede esperar en la base social?

Es cierto que Noroña ha sido siempre un político de declaraciones incendiarias y confrontaciones verbales. Pero nada de eso justifica que Moreno, dirigente de un partido que se dice institucional, recurra a un ataque físico que lo rebaja a un nivel de irracionalidad indigno de la vida pública. No se trata de partidos, ni de ideologías: se trata de decencia.

En un país donde la violencia cotidiana ya cobra miles de vidas, los políticos tienen la responsabilidad de ser ejemplo de diálogo y civilidad. No lo son. Prefieren el espectáculo, la nota roja, el video viral. Prefieren la vergüenza sobre el argumento.

El episodio de esta semana no debería quedar en el anecdotario. Debería ser un parteaguas para que la ciudadanía exija otra clase de políticos. No líderes que se comporten como pendencieros de barrio, sino representantes que comprendan la seriedad de sus cargos.

Porque si la política se convierte en pleito callejero, pierde sentido la democracia. Y con ella, perdemos todos.