A 25 años del 11-S: el día que cambió al mundo y transformó para siempre la frontera Juárez-El Paso

A 25 años del 11-S: el día que cambió al mundo y transformó para siempre la frontera Juárez-El Paso

Ciudad Juárez.– Han pasado 25 años desde aquella mañana en que las imágenes de dos aviones impactando las Torres Gemelas de Nueva York paralizaron al mundo. El 11 de septiembre de 2001 no solamente dejó miles de víctimas y modificó la política exterior de Estados Unidos; para ciudades fronterizas como Juárez y El Paso significó un antes y un después en algo tan cotidiano como cruzar un puente internacional.

Los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, junto con el secuestro del vuelo 93 que terminó estrellándose en Pensilvania, dejaron 2 mil 996 personas muertas y provocaron una transformación mundial en materia de seguridad, inteligencia, vigilancia y combate al terrorismo.

Pero mientras Nueva York enfrentaba una tragedia que parecía distante a miles de kilómetros, sus consecuencias llegaron prácticamente de inmediato a la frontera entre Chihuahua y Texas.

Para Ciudad Juárez, el 11-S modificó una dinámica construida durante generaciones: la de dos ciudades de países distintos que, en muchos aspectos, funcionan como una misma comunidad.

Familias con integrantes a ambos lados de la frontera, trabajadores que viven en Juárez y laboran en El Paso, estudiantes, compradores, comerciantes, transportistas y empresarios descubrieron de un día para otro que cruzar hacia Estados Unidos ya no sería igual.

El mismo 11 de septiembre, las autoridades estadounidenses colocaron todos sus puertos de entrada en el máximo nivel de alerta y reforzaron la presencia de personal las 24 horas. Las inspecciones se hicieron más exhaustivas y la seguridad nacional pasó a ocupar un lugar central en la operación de la frontera.

De 45 minutos a tres horas para llegar a El Paso

Uno de los efectos más visibles para los juarenses apareció en los puentes internacionales.

En las semanas posteriores a los atentados, miles de vehículos formaron largas filas para ingresar a El Paso. Los tiempos promedio de cruce en esta frontera pasaron de alrededor de 45 minutos a cerca de tres horas, mientras agentes estadounidenses realizaban inspecciones y cuestionamientos mucho más rigurosos.

Aquello que para generaciones había sido parte de una rutina —ir de compras, visitar familiares, acudir a trabajar o estudiar del otro lado— comenzó a estar acompañado por una nueva realidad: mayores revisiones, vigilancia y tiempos de espera.

El impacto también fue económico. Investigaciones sobre la economía del denominado Borderplex Juárez-El Paso identificaron los mayores tiempos de cruce como uno de los principales riesgos posteriores al 11-S, debido a la estrecha relación comercial entre ambas ciudades y al costo que las demoras representaban para consumidores y empresas.

La seguridad cambió la forma de cruzar la frontera

Con el paso de los años, aquella reacción de emergencia terminó convirtiéndose en una nueva estructura fronteriza.

Las inspecciones prácticamente totales implementadas inmediatamente después de los ataques resultaron difíciles de sostener debido al impacto sobre el movimiento de personas y mercancías. Estados Unidos comenzó entonces a desarrollar esquemas basados en revisión previa, identificación de viajeros y cadenas comerciales consideradas de bajo riesgo.

De esa transformación surgieron o se consolidaron mecanismos como C-TPAT y FAST para el comercio, así como SENTRI y posteriormente Global Entry para viajeros frecuentes. La intención era mantener mayores niveles de seguridad sin paralizar una frontera cuya integración económica hacía imposible simplemente cerrarla.

El cambio fue profundo: antes del 11-S, cruzar la frontera estaba asociado principalmente con migración, aduanas y comercio; después de los atentados, cada persona, automóvil, camión y mercancía que ingresaba a Estados Unidos pasó también por el filtro conceptual de la seguridad nacional.

Juárez y El Paso aprendieron a vivir con una nueva frontera

Sin embargo, ni los controles reforzados ni las crisis que llegaron después lograron romper la relación entre ambas ciudades.

Documentos de planeación de El Paso han definido históricamente a Juárez y El Paso como comunidades vinculadas cultural, social y físicamente, bajo la idea de ser “una comunidad” a pesar de encontrarse divididas por una frontera internacional.

Esa característica explica por qué el impacto del 11-S tuvo aquí una dimensión diferente.

En Nueva York, el símbolo fueron las Torres Gemelas derrumbándose. En Washington, el Pentágono atacado. En Ciudad Juárez y El Paso, una de las expresiones más duraderas del cambio quedó reflejada en los puentes.

Las filas, las cámaras, las revisiones, los documentos electrónicos, los carriles especiales y los protocolos de seguridad que hoy forman parte de la rutina fronteriza tienen parte de sus raíces en las decisiones adoptadas después de aquel martes de septiembre.

Incluso 25 años después, la fecha continúa haciéndose presente físicamente en esta frontera. En aniversarios recientes, autoridades estadounidenses han suspendido momentáneamente los cruces en puentes como Paso del Norte, Zaragoza y Libre para recordar a quienes murieron aquel día, provocando por algunos minutos una escena que resume la relación entre el 11-S y Ciudad Juárez: una frontera detenida para recordar.

25 años después

El mundo que despertó el 12 de septiembre de 2001 fue diferente al que existía dos días antes. Estados Unidos inició una guerra global contra el terrorismo, creó nuevas estructuras de seguridad y vigilancia y emprendió conflictos cuyas consecuencias políticas continúan siendo analizadas un cuarto de siglo después.

Ciudad Juárez nunca estuvo cerca de las Torres Gemelas, pero tampoco quedó lejos de sus consecuencias.

Aquí, el 11 de septiembre transformó la manera de cruzar una línea que forma parte de la vida diaria de miles de personas. Obligó a Juárez y El Paso a aprender a convivir con una contradicción que permanece vigente 25 años después: ser dos ciudades profundamente conectadas y, al mismo tiempo, estar separadas por una de las fronteras más vigiladas del mundo.

Y quizá ahí se encuentra una de las huellas más profundas que dejó el 11-S en esta región: después de aquel día, el Río Bravo siguió teniendo la misma anchura, los puentes permanecieron en el mismo sitio y Juárez y El Paso continuaron frente a frente. Lo que cambió para siempre fue la manera de cruzarlos.