COLUMNA: Del debate a la purga: el nuevo PAN

COLUMNA: Del debate a la purga: el nuevo PAN

Algo extraño sucede en las oficinas del Partido Acción Nacional: mientras su representación política se hace cada vez más pequeña, la soberbia de algunas de sus dirigencias crece hasta alcanzar dimensiones imperiales.

Napoleón perdió un imperio, pero dejó escuela. Sus alumnos modernos ya no utilizan uniforme militar ni recorren Europa a caballo; ahora encabezan comités partidistas, administran grupos de WhatsApp y organizan consejos disciplinarios para decidir quién merece conservar la pureza ideológica.

El caso del regidor Alejandro Jiménez retrató perfectamente esta nueva doctrina azul: quien no se alinea, se va. Quien reconoce un acierto del adversario, traiciona. Quien asiste a un acto institucional sin solicitar permiso al alto mando partidista corre el riesgo de terminar frente al tribunal de la Santa Inquisición panista.

Jiménez asistió al informe de la presidenta Claudia Sheinbaum en Ciudad Juárez y aquello fue interpretado prácticamente como una deserción en tiempos de guerra. No importó que acudiera como integrante del Ayuntamiento ni que formara parte de la Comisión de Participación Ciudadana. Para la dirigencia estatal, aparecer en un evento encabezado por una mandataria de Morena fue suficiente para poner en marcha la guillotina partidista.

Daniela Álvarez anunció el procedimiento de expulsión. Alejandro Jiménez decidió ahorrarles el espectáculo y presentó primero su renuncia. Abandonó el PAN antes de que el PAN pudiera presumir que lo había echado.

La diputada Xóchitl Contreras salió después a explicar que Acción Nacional no había perdido nada porque, según su particular contabilidad política, “no se puede perder lo que no se ha tenido”.

La frase pretendía disminuir al regidor, pero terminó describiendo involuntariamente la situación del partido. El PAN perdió a su único representante en el Cabildo de Juárez y decidió celebrar la pérdida como una victoria. Es como hundir el barco, quedarse abrazado al timón y presumir que por fin nadie contradice al capitán.

Contreras acusó a Jiménez de no ejercer una oposición suficientemente combativa y de comportarse como una especie de aliado del Gobierno Municipal. Incluso utilizó la figura de la “foca aplaudidora” para explicar lo que, en su opinión, no debía hacer un representante opositor.

La ironía es magnífica: las dirigencias panistas aseguran que nadie debe convertirse en una foca aplaudidora del gobierno, pero esperan que todos sus militantes aplaudan disciplinadamente a la dirigencia. Aplaudir al adversario es traición; aplaudir a los jefes del partido es convicción democrática.

No se trata de afirmar que Alejandro Jiménez estuvo libre de errores o que su actuación como regidor no pudiera cuestionarse. Fiscalizar sus votos, revisar sus posturas y exigirle resultados formaba parte del debate legítimo. Lo preocupante fue sustituir ese debate por amenazas de expulsión, acusaciones de deslealtad y descalificaciones personales.

Una oposición responsable no tiene la obligación de votar en contra de todo. Su función es revisar, cuestionar y señalar, pero también respaldar aquello que beneficie a la ciudadanía. Cuando un partido confunde oposición con confrontación permanente, deja de representar una alternativa y se convierte en una maquinaria dedicada a fabricar enemigos.

Ulises Pacheco, dirigente municipal del PAN, recibió la renuncia y explicó el trámite burocrático que seguiría para eliminar a Jiménez del padrón. La dirigencia estatal puso la pólvora, Xóchitl Contreras ofreció el discurso y al comité municipal le correspondió levantar el acta de defunción política.

Todo muy ordenado. Todo muy institucional. Todo muy napoleónico.

La dirigencia podrá sostener que defendió los principios del PAN, pero el resultado es inocultable: el partido se quedó sin representación formal en el Cabildo de una de las ciudades más importantes del país.

Esa es la gran victoria del pequeño imperio azul.

El problema no fue solamente la salida de un regidor. El mensaje enviado al resto de la militancia fue todavía más grave: pensar diferente tiene consecuencias; reconocer un acierto del adversario despierta sospechas; convivir institucionalmente con otro partido puede ser considerado una traición.

Así se construyen los partidos pequeños: expulsando a quien cuestiona, silenciando a quien discrepa y premiando a quien obedece.

Napoleón descubrió demasiado tarde que ningún imperio es invencible. Las dirigencias del PAN podrían aprender algo de esa historia antes de continuar su marcha hacia el aislamiento político.

Porque un partido no se fortalece cuando todos piensan igual. Solamente se queda más solo.